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Walking Around

Desvaríos de una mente enferma

Hoy

"Consciente de su propia debilidad, trató de levantarse haciendo un gran esfuerzo. Una gota de sudor cruzó su frente. Deslizándose por el tabique nasal, permaneció una fracción de segundo en la punta de la nariz, y cayó al suelo, entre sus manos. Respiraba con dificultad. Tenía la boca abierta e hilos de saliva colgaban de ella, agitándose a cada bocanada de aire que lograba introducir en sus pulmones. Hincó una rodilla en tierra (la misma tierra que arañaba con sus dedos y que iba gando espacio bajo las uñas). Levantó el rostro. La luz le hirió los ojos. Sus articulaciones respondían con sordos crujidos a sus torpes y vacilantes movimientos. Impulsó su cuerpo hacia arriba mientras su mente se doblegaba al dolor y el chasquido de sus huesos resonaba con intensidad en sus oídos. El corazón le latía con fuerza en el interior del pecho. Consciente de su propia debilidad, trató de ponerse en pie, una vez más..."

Gallifante a quién me diga a que obra pertenece este fragmento. ¿Qué que coño significa este rollo macabeo? Recuerdo este pasaje cada vez que pienso que no podré superar la siguiente prueba que me imponga esta perra vida. Porque mira que es perra... Larga es la angustia existencial del privilegiado. Pregunta: ¿Si es cierto que una vez tocado fondo sólo se puede ir hacia arriba... cómo se sabe cuándo no se puede caer más? Lo pregunto, sobretodo, por empezar a tener la sensación de que todo marchará mejor a partir de ahora. Aún me queda una cuestión más, ¿qué pasa cuándo uno no ha sido consciente que estaba en plena caída libre?

Post data: Las circunstancias pueden cambiar, pero nosotros somos los mismos. Más viejos, quizá. Pero los mismos. Esa es la tragedia del ser humano, en lo esencial todo es como fue. Esa es la grandeza del ser humano, lo que importa permanece. Quizá con otro nombre, pero siempre estará ahí. Mantengamos la esperanza en que el futuro no es un lugar frío e inhóspito. Aunque, de ser así, siempre nos quedará Papa Goriot, los Barça-Madrid, Bergman, los suizos del Dulcinea, La educación sentimental, una Guiness, Hey Jude, y Paul Thomas Anderson...

Post data de la Post data: no espero que nadie entienda ni jota de lo que acabo de escribir. Ahorraros los comentarios. Lo he escrito para mi. Y lo he puesto aquí porque me ha dado la gana.

Sobre el sexo

Ordena de mayor a menor, según la preocupación que te susciten, los siguientes temas: El Barça-Madrid, la unidad de España, tu vida sexual, y la religión. Esta era la encuesta que realizaba a pie de calle el programa "La Hora Hache" en Canal 4. ¿Alguien duda qué era lo que respondía mayoritáriamente la gente? Sexo y fútbol. Evidentemente. Incluso, hubo una chica que mantuvo este orden a pesar de reconocer que no le gustaba el fútbol en absoluto. Su razonamineto no tenía desperdicio: "Bueno, es que en función del resultado, mi novio estará más o menos contento, y, por lo tanto, estará más o menos animado para tener sexo después del partido". 

Ahí lo tenéis. Millones de años de evolución para que nuestras motivaciones sigan siendo las mismas. Bueno. Está bien. Reconozco que no siempre ha habido fútbol. Supongo que cada época tuvo su particular actividad que debió representar lo que en la actualidad representa para nosotros estos 22 tíos en calzón corto y con camisetas de colores corriendo detrás de una pelota. Qué sé yo... Los romanos puede que se volvieran locos con las carreras de cuádrigas. "Apuesto a que Ben-Hur le mete una paliza a Messala esta tarde en el anfiteatro", le diría Octavio Aurelio a Flavio Petronio mientras se daban un paseo por el foro. También es posible que durante las justas medievales la gente llevara pancartas en las que se pudiera leer "Musho Arturo, Musho Arturo es, es...", aunque veo complicado la existencia de peñas quinielísticas. Que nadie se asuste. Soy historiador (o al menos eso pone mi título universitario provisional). No pretendo patear el sagrado culo de la Historia Universal. Sólo quiero resultar gracioso. Supongo quer sin demasiado éxito. Pido disculpas.

A lo que ibamos. Sexo y fútbol. Fútbol y sexo. Pero sobretodo, sexo. Esbeltas figuras, lustrosos pectorales de atleta, labios carnosos, traseros respingones, preciosos ojos almendrados color miel... Pensar en el sexo, pensar en querer tener sexo, lamentarse por no disfrutar de suficiente sexo, sollozos por no tenerlo en absoluto... Si verbalizásemos todos nuestros pensamientos, el sonido de millones de voces reflexionando acerca de estas cuestiones se sobrepondría sin dejarnos ni un segundo de silencio. 

Todo gira entorno al sexo. ¿Queréis un ejemplo? ¿Qué os parece el de la familia? Dedicad un segundo a pensarlo. ¿Qué es realmente esta pieza clave del entramado social sino un grupo de individuos aglutinados alrededor de dos personas que tienen sexo entre ellas? Papá se tiró a Mamá y gracias a ello tú estás leyendo ahora estas líneas. Por cierto, apuesto a que, justo después de visitar esta humilde (y del todo prescindible) contribución al mundo de los Blogs, más de uno aprovechará su conexión a internet para visitar alguna que otra página pornográfica (recomiendo Petardas.com). O puede que en estos momentos ya se estén bajando alguna película X por el E-mule.

Sexo. Sexo. Sexo. ¿Qué hacen los hombres para conseguirlo? Bombones, flores, anillos de compromiso, asisitir a insoportables renuniones familiares en casa de sus padres... Todo es poco para asegurar que la masturbación no sea la única salida. Ya sabéis lo que dicen. El 85 por ciento de los varones reconoce haberse masturbado alguna vez, el 15 por ciento restante mienten como bellacos. ¿Y ellas? ¿Acaso queda algún iluso que siga creyendo que las mujeres no tienen nuestras mismas necesidades? Este es un mensaje pat ti, muchacho. El que aún anda perdido entre las ajadas páginas de los libros de poemas del "amor cortés": ¿No ha escuchado pacientemente tu novia la cansina y repetitiva anécdota sobre aquel fantástico triple en el último segundo que lograste y que supuso la victoria de tu equipo en la estúpida liga de baloncesto municipal? ¿Es que aún crees que ella tiene un interés real en volver a sentir tus aburridos comentarios sobre deporte, política o sobre lo buenos que le salen a tu madre los macarrones a la carbonara? Despierta, muchacho. Despertemos todos.

¿Y qué me decís de la música? Una vulgar excusa para mostrar cuerpos esculturales agitándose mientras suena un ritmo de fondo. O a lo mejor crees que cuela eso de que a ti te gusta Rosanna. "Es que sus letras son muy buenas". Ya. Muy bien, hombre. Lo que tú digas. Por no hablar de la publicidad. En esta amada sociedad nuestra, no saben vendernos ni una aspiradora sin enseñarnos las tetas de alguien o el trasero de alguien. Y no digo nada sobre el cine porque me gusta mucho, y me acabaría deprimiendo a mi mismo.

Y a pesar de todo, sobre el desnudo solar del sexo, los seres humanos hemos edificado la imponente construcción del amor. No hagáis caso a todo lo que he escrito antes. Es mucho mejor pensar que en realidad, como decía John Lennon, el amor es la respuesta. Nos da esperanza. A mi me la da, al menos. Esto no voy a argumentarlo. No puedo. Necesito, simplemente, creer en ello. ¿Qué para que ha servido entonces todo el rollo que os he soltado antes? Para nada. Qué esperábais. Estaba aburrido y eran las 3 de la madrugada.

Sobre el queso y las ratas... o las ratas y el queso... que viene a ser lo mismo

Una vez, ví en la tele un reportaje sobre como unos científicos (o al menos eso decían que eran) sometían a un grupo de pobres ratas a un experimento que consistía en dejar en la jaula de los animalitos un trozo de queso electrificado (sí, así como suena, queso eléctrico). Las ratas (o cobayas, o hámsters o lo que fueran, que para el caso da lo mismo), después de comprovar como cada vez que se acercaban al pedacito de mini babibel (no creo que fuera un mini babibel, pero queda bien decirlo, me parece divertido, a vosotros no?) se llevaban una descarga de tres pares de cojones (perdonad mi vocabulario), pues, las ratas digo, al cabo de dos o tres viajes al fascinante mundo de la electricidad, no volvieron a arrimarse al que se supone que es su alimento favorito.

Dejando al margen el sadismo de los supuestos científicos (que no sé que provecho podían sacar de torturar a unos indefensos roedores), como ya habréis adivinado, de esta absurda anécdota debería poder deducirse una básica, pero esencial, lección vital. A las ratas no les gustaba que les tocaran las pelotas. Su pequeño cerebro les enviaba un mensaje perfectamente claro: "Pasa del queso, que después te retuerces como si fueras Michael Jackson en Thriller". Les daba lo mismo lo rico, lo extraordinariamente delicioso, que pudiera estar el queso.

La otra lección que podemos extraer de esta, por otra parte, estúpida historia, es que los humanos somos más tontos que las ratas. La de descargas, metafóricamente hablando, que me he llevado a lo largo de mis primeros 27 años de vida. Pero yo sigo fiel a mis principios (sí, los mismos principios que me han llevado a tardar 8 años en sacarme la mísera carrera de Historia): Sigo esperando al último momento para hacer lo que he tenido meses para acabar; sigo prefiriendo, todas las mañanas, quedarme los típicos "cinco minutos más" en la cama, que acaban siendo, precisamente, los cinco minutos por los que pierdo siempre el tren; sigo encendiéndome un cigarrillo tras otro, a pesar de ser plenamente consciente de estar envenenando mi organismo (que queréis, uno no puede permanecer eternamente impermeable a las campañas anti-tabaco, y menos cuando se hacen incluso desde "Gran Hermano". Gracias Mercedes Milà! Embotas el espíritus de millones de personas con tu mierda televisiva, pero serán millones de espíritus con unos pulmones de recién nacido). Y estos son sólo algunos ejemplos. No entraré a analizar otros asuntos en los que siempre he acabado "electrificado" (drogas, mujeres, películas de Jim Carrey o la incomprensible insistencia en seguir yendo a cenar a restaurantes chinos, a pesar de que mi estómago siempre decida revelarse con furia tan sólo unos instantes después de que el camarero de la gran muralla haya traído la cuenta a la mesa, son temas, insisto, que únicamente dejaremos indicados).

Que nadie me salga ahora con cuestiones como si las ratas dejaban de comer queso en general, o si lo que hacían era no probar el que sabían que estaba trucado (¡A dónde puede llevarnos esta sociedad! Antes se trucaban SEATs Panda, ahora hasta los derivados de la leche...). Entended el queso como metáfora de aquellas situaciones repetitivas en vuestras vidas, como esos patrones que todos reproducimos una vez tras otra, aunque en el fondo sepamos que vamos camino del desastre más absoluto (¡Pedazo de queso, no?!). Que hay que decíroslo todo...

 

 

 

 

Es lo que hay

¿Os suena aquello de "es lo que hay"? A veces te lo dice alguién. En estos casos, suele ser un funcionario amargado que te pide que rellenes un formulario estándar por triplicado, para conseguir algún tipo de estúpida documentación que previamente ya te ha solicitado uno de sus tristes compañeros dos ventanillas a su derecha, mientras ambos tratan de recordar, sepultados entre papeles, como eran antes de que el peso del mundo aplastara sus pobres espíritus: "Es lo que hay, muchacho. No sirve de nada patalear."
A veces te toca repetírtelo a ti mismo. Como un mantra. Como una consigna. Es lo que es, hay lo que hay. Como esa vieja canción de Revólver que un buen amigo me decubrió hace poco. Puedes darle las vueltas que quieras que al final todo te lleva al mismo lugar: "Es lo que hay, muchacho. Por ahora no dan más."
Ya sé que he repetido muchas veces lo difícil que resulta saber que es lo que se desea en realidad. Pero en ocasiones ocurre que sí lo sabes. Aparece ante ti como un resplandor. Casi te golpea. Sufres un momento de lucidez, como diría un borracho. Una súbita revelación. Un "ahora lo sé", un "por fin lo sé". Y tienes la certeza de que todo irá bien. Porque todo cobra sentido y te agarras a ello con fuerza, esperando que eso sea suficiente.
Pero luega llega la reflexión y más tarde la realidad. Nadie dice que lo que quieras sea relamente bueno para ti. Y, lo más importante, nadie dice que vayas a conseguirlo. Entonces es el turno de la confusión. ¿Cómo puedo equivocarme en lo único que he estado seguro en toda mi vida? Respuesta: "Es lo que hay, muchacho.No hay nada que hacer."
¿Lo peor de todo? Que hay que seguir levantándose cada mañana. Quieras o no. Porque todo pasa. Pero mientras tanto, sólo te queda apretar los dientes y esperar a que la tormenta pase. Para, con suerte, volver a no saber que es lo que se desea. A perder la certeza que tanto trabajo había costado conseguir. ¿Qué haremos entonces? Iremos al cine, tomaremos unas cañas con los amigos, compraremos el periódico y buscaremos en las páginas amarillas el número de alguna pizzería que lleve comida a casa. Y nos repetiremos, como si fuera un mantra, como una consigna: "Es lo que hay, muchacho. Te jodes."

Es lo que hay

¿Os suena aquello de "es lo que hay"? A veces te lo dice alguién. En estos casos, suele ser un funcionario amargado que te pide que rellenes un formulario estándar por triplicado, para conseguir algún tipo de estúpida documentación que previamente ya te ha solicitado uno de sus tristes compañeros dos ventanillas a su derecha, mientras ambos tratan de recordar, sepultados entre papeles, como eran antes de que el peso del mundo aplastara sus pobres espíritus: "Es lo que hay, muchacho. No sirve de nada patalear."
A veces te toca repetírtelo a ti mismo. Como un mantra. Como una consigna. Es lo que es, hay lo que hay. Como esa vieja canción de Revólver que un buen amigo me decubrió hace poco. Puedes darle las vueltas que quieras que al final todo te lleva al mismo lugar: "Es lo que hay, muchacho. Por ahora no dan más."
Ya sé que he repetido muchas veces lo difícil que resulta saber que es lo que se desea en realidad. Pero en ocasiones ocurre que sí lo sabes. Aparece ante ti como un resplandor. Casi te golpea. Sufres un momento de lucidez, como diría un borracho. Una súbita revelación. Un "ahora lo sé", un "por fin lo sé". Y tienes la certeza de que todo irá bien. Porque todo cobra sentido y te agarras a ello con fuerza, esperando que eso sea suficiente.
Pero luega llega la reflexión y más tarde la realidad. Nadie dice que lo que quieras sea relamente bueno para ti. Y, lo más importante, nadie dice que vayas a conseguirlo. Entonces es el turno de la confusión. ¿Cómo puedo equivocarme en lo único que he estado seguro en toda mi vida? Respuesta: "Es lo que hay, muchacho.No hay nada que hacer."
¿Lo peor de todo? Que hay que seguir levantándose cada mañana. Quieras o no. Porque todo pasa. Pero mientras tanto, sólo te queda apretar los dientes y esperar a que la tormenta pase. Para, con suerte, volver a no saber que es lo que se desea. A perder la certeza que tanto trabajo había costado conseguir. ¿Qué haremos entonces? Iremos al cine, tomaremos unas cañas con los amigos, compraremos el periódico y buscaremos en las páginas amarillas el número de alguna pizzería que lleve comida a casa. Y nos repetiremos, como si fuera un mantra, como una consigna: "Es lo que hay, muchacho. Te jodes."

If

Si puedes hablar con multitudes y mantener tu virtud,
o pasear con reyes y no perder el sentido común,
si los enemigos y los amigos no pueden herirte,
y todos cuentan contigo, pero ninguno demasiado;
si puedes llenar el minuto inolvidable
con los sesenta segundos que lo recorren.
Tuya es la Tierra y todo lo que en ella habita,
y -lo que es más- serás hombre, hijo.

Este es el final del poema "If", de Kipling. Que cada cual saque sus propias conclusiones.

Justicia

Este no pretende ser un artículo ni demagógico ni propagandístico. Vaya por delante mi intención de no parecer un panfletario facilón, o un sofista tramposo. Aunque, en cualquier caso, veremos a ver si lo consigo. Trataré de explicar en pocas frases porque creo en una idelogía de izquierdas, sin ismos, sin la típica retórica vacía que muchos utilizan para defender este tipo de opciones vitales. Repito, otra cosa es que lo consiga.
Para empezar digamos que creo en un mundo justo. Sé lo que estáis pensando, a las primeras de cambio nos clava una de las máximas de la demagogia izquierdista. Aclaremos el malentendido, pues. Para mi la Justicia es lo que iguala, lo que proporciona oportunidades a todos independientemente de sus circunstancias. La naturaleza, la peor aliada de la izquierda, se encarga desde el mismo momento de nuestro nacimiento de hacernos diferentes. Nuestras capacidades vienen, más o menos, prefijadas en nuestros genes. Alguién más inteligente que los demás tiene, a priori, más posibilidades de conseguir un mejor trabajo, mayor reconocimiento, en una palabra: éxito. Dejando a un lado esta obviedad, la naturaleza también nos trae sunamis, terremotos, y a la hembra de la mantis religiosa devorando al macho tras la cópula. No pretendo haceros creer que sería correcto arrebatarle a nadie el poder lograr metas elevadas en virtud del criterio de igualdad. Ni por asomo. El problema está en la recompensa. Nuestra sociedad valora el talento através del consumo. Eres muy listo, pues nada, serás el vicepresidente primero de la General Motors, cobrarás un pastón con el que podrás comprarte un yate, varios palacetes en otros tantos puntos del planeta, coches de lujo, y quizás tendrás una secretaria que domine varias lenguas. ¿Quién diría que no a una secretaria políglota? Pero analicemos que se está premiando aquí. En primer lugar, el talento de cualquiera de los peces gordos del consejo de administración de una multinacional es hacer dinero, y por ello reciben a su vez una gran cantidad de pasta. Bien, pues permitamos que nuestro vicepresidente de General Motors se realice comprando pequeñas empresas o realizando fusiónes multimillonarias. Pero, ¿es necesario que gane por ello mil veces más que un operario de la cadena de montaje? ¿A caso podría funcionar alguna empresa sin su mano de obra? Algún listillo, estudiantes de económicas en su mayoría, podría decir que la dirección de una gran empresa es una labor crítica, que los puestos de trabajo de nuestros honrados operarios dependen de lo bien que sepa hacer las cosas el jefazo o jefazos de turno. Pues pongamos que no queremos sus coches, que no deseamos sudar para hacerles más ricos. ¿Qué harían entonces? Está bien, es correcto pensar que para los trabajadores tampoco sería algo beneficioso, pero entonces reconozcamos la relación de simbiosis existente. Nos necesitan. Por lo tanto somos igual de básicos que el tipo de pulido aspecto enfundado en un carísimo traje de Armani.
Por otro lado nadie debería sólo en función de su capacidd económica tener derecho a una educación mejor o a una sanidad más eficaz, por citar sólo un par de aspectos en los que poco o nada hay que dejar de margen a la iniciativa privada. Retomando el planteamiento inicial, la naturaleza ya nos aleja demasiado a los unos de los otros como para que aún abramos una brecha mayor dejando que el hijo de un rico perpetúe la distancia entre los que tienen y los que no asistiendo a mejores escuelas o mejores universidades.
El tema de la sanidad me parece algo que, aún por obvio no deja de ser menos importante. ¿A caso no tiene el mismo derecho a tener acceso a la mejor asistencia sanitaria posible un señora de la limpieza que una especialista en aeronaútica? ¿No les duelen las mismas cosas? ¿A caso no enferman por los mismo virus? ¿Por que si tienes el dinero sufuciente puedes curarte y si no es así, más vale que empieces a arreglar los papeles del testamento por si acaso?
La vivienda. ¿Qué puedeo decir? Montones de pisos vacios producto de la especulación inmobiliaria esperando duplicar su valor, mientras al grueso de la población no le llega para pagar una abusiva hipotéca, y eso si tienen suerte de tener un techo bajo sus cabezas al que puedan llamar hogar.
Por último, es tan difícil de entender que es moralmente reprobable que una parte de la humanidad haga dietas para adelgazar para que el resto muera de hambre? Sentémonos en nuestros confortables hogares occidentales a esperar que las masas de desposeídos de nuestro mundo mueran a millones cada dia sin que el opulento primer mundo haga nada para evitarlo. A eso le llamo yo un buen plan.

Navidades judias

Me ha pasado una cosa muy graciosa mientras esperaba el tren esta mañana. Sentado en un banco de la estación, con la habitual cara de “odio madrugar”, hasta mi ha llegado un comentario que ha conseguido sacarme de mi sopor matutino. Y os aseguro que, por regla general, no consigo despertarme completamente hasta, al menos, el tercer o cuarto café de la mañana.
A pocos metros, dos chavales, de 17 ó 18 años, con el típico look skinhead (a saber: cabeza rapada, pantalones de pitillo y unas cuantas esvásticas a modo de bonito ornamento), mantenían una animada conversación. Uno de ellos comentaba que no soportaba todo lo que su madre montaba en casa durante las navidades. Con gran indignación, su compañero le contestó que él jamás celebraba la Navidad, y añadió: “¿No sabes que es una fiesta judía? “
Que queréis que os diga, me eché a reír. Y me jugué el tipo al hacerlo. Aquellos dos personajes me miraron con cara de “tú debes de ser uno de esos malditos conspiradores sionistas”. Pensándolo mejor, parece poco probable que supieran el significado de la palabra “sionista”. Por fortuna, la llegada del tren me libró de ir a la universidad con un ojo a la virulé.
Vaya, vaya. La Navidad es judía. ¿A que no os lo imaginabais?. Tantos años engañados. Tantas reposiciones en televisión de Rey de Reyes. Y total para ser vilmente embaucados. Me hubiera gustado preguntarles que opinaban sobre otras festividades religiosas, tipo la Semana Santa. Quizás piensen que es Hare Krishna. A estos chicos, en su total ignorancia, alguien les debe haber señalado a quién deben odiar. Lo que se les escapa es el por que. No es de extrañar. Todo odio siempre es irracional.